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Huelga feminista: La necesidad de develar y desmontar las múltiples desigualdades vigentes

Huelga feminista. La necesidad de develar y desmontar la desigualdad

Columna de la Red de Interseccionalidad, Género y Prácticas de Resistencias (Red Iger). Esta es una Red académica interdisciplinaria de estudios interseccionales y críticos de género, en relación a prácticas de resistencia y/o agencia que desarrollan diversos grupos sociales que han sido subalternizados a través del tiempo. Está conformada por académicas de la Facultad de Ciencias Sociales, de otras instituciones nacionales e internacionales. Nuestras líneas de investigación y acción: género, trabajos y cuidados; género y envejecimiento; género y diversidad sexual y género y memorias.

El mayo feminista del 2018 fue el movimiento más relevante de las últimas décadas en Chile, posterior a las movilizaciones estudiantiles del 2011. La revuelta hizo públicos los abusos y violencia de género en las universidades del país y sostuvo un movimiento de protesta de más de tres meses, condensando las diversas movilizaciones dadas en Chile y a nivel internacional, en torno a las discriminaciones de género y violencia sexista en el mundo.

La amplitud e impacto de dicha insurrección, tuvo eco en muchas mujeres jóvenes y estudiantes, pero también de otras generaciones, géneros y sectores sociales, que se vieron reflejados en el ímpetu de la protesta, la capacidad de organización, la flexibilidad del movimiento y la firmeza y valentía de la denuncia contra el abuso. La base de esa ola feminista tuvo/tiene como horizonte la transformación de las relaciones de poder en el espacio universitario y en el país. Tiene como perspectiva, lo que Julieta Kirkwood llamó la revolución en la vida cotidiana, que sustenta de manera radical, el cambio para la sociedad en su conjunto.

Precisamente, el rechazo al abuso persistente y la organización para un cambio profundo en las relaciones de poder de la sociedad, es lo que se propone el llamado a la Huelga general feminista del 8 M. La consigna internacional de la paralización en torno al Trabajo, Cuidados y Consumo, así como la resistencia a la precarización de la vida, a la que alude la convocatoria nacional, dan cuenta de la complejidad y profundidad de las demandas feministas y la proyección de dicha plataforma.

Efectivamente, el abuso se da en muchos espacios, así como en distintas dimensiones de la vida cotidiana. Lo que plantea el feminismo es la certeza de que el cambio de las relaciones de poder y dominación entre los géneros no puede llevarse a cabo sin tocar los pilares centrales del sistema capitalista y del modelo neoliberal, los cuales van de la mano con la configuración de una sociedad patriarcal. Por tanto, no puede inscribirse sólo en un campo de disputa de igualdad formal, sin considerar otras dominaciones estructurales que actúan conjuntamente.

Digámoslo claramente, una parte fundamental de la economía, así como de la vida y la reproducción recaen en el trabajo gratuito de las mujeres, particularmente de aquellas ubicadas en sectores más excluidos. Como señala Silvia Federici, la necesidad de reproducción del sistema socioeconómico necesita el trabajo gratuito de cuidado para la subsistencia. Algunos datos son elocuentes. Según el INE (2015), las mujeres invierten casi seis horas en el día a actividades de trabajo no remunerado, a diferencia de los hombres que ocupan 2.7. Ello no cambia de manera sustantiva en el caso de aquellas que desarrollan un trabajo remunerado. Dentro de las actividades de cuidado, las mujeres adultas mayores (66 años y más) están entre las que dedican más horas al trabajo doméstico no remunerado en general, al cuidado de personas de cuidados permanentes y al cuidado de personas de 66 años y más.

En el ámbito del trabajo remunerado, los datos tampoco son alentadores. En el país, la precarización de las condiciones de vida se refleja en distintos indicadores. Casi un cuarto de las/os ocupados gana el salario mínimo (Durán y Kremerman, 2015) y de éstos, las mujeres trabajadoras que están por debajo de este nivel de salario, representan un 26,3 % del total, en comparación a un 20,9 % de los hombres. Las mujeres chilenas perciben menor sueldo casi en un 15% que los hombres, siendo el tercer país de la Organización para la Cooperación y el Desarrollo Económicos (OCDE) con mayor brecha salarial, diferencia que se acrecienta según más alto es el cargo. Lo anterior se traduce en menores remuneraciones, baja cobertura de seguridad social, menor contacto con tecnologías e innovación y bajo acceso a contratos estables. Alrededor del 22% de las ocupadas en Chile tienen trabajos con alta probabilidad de ser precarios y desprotegidos (Brega, Durán y Sáez, 2015). De hecho, la mayoría de los empleos ocupados por mujeres presentan una inserción endeble, es decir, son creados en la economía informal, liderando la tasa de informalidad con un 31.9% (frente a un 12% de los hombres), y en jornadas de baja intensidad horaria: cerca del 23% del empleo femenino es de jornada parcial (INE, 2018).

Desde la perspectiva de los Derechos Humanos en el país, el INDH, en un informe presentado ante la ONU, indicó como una de las preocupaciones fundamentales en esta materia “la persistente brecha salarial que llega al 30% en promedio”, así como “…la inequidad del sistema previsional, que (…) determina que un 59% de las mujeres reciba una pensión menor a la línea de la pobreza” (INDH, 2019).

Las mujeres, además, se ubican en sectores más empobrecidos. Según datos de la CASEN (2015), los hogares encabezados por mujeres son los más pobres del país y los hogares donde ellas son jefas van en aumento. Las políticas desarrolladas en el sentido de disminuir estas cifras tienen un límite en la medida que muchas veces se orientan a reforzar las relaciones y el papel tradicional de las mujeres en las familias y las comunidades, lo que no permite un cambio más sustantivo.

Las desigualdades socioeconómicas no están desvinculadas del ámbito de la cultura. Como señala Fraser (2011), las prácticas de cuidado y su desvaloración e invisibilización se sitúan en el ámbito de lo que llama la injusticia socioeconómica e injusticia cultural. La primera arraigada en la estructura económico-política de la sociedad, la segunda referida a los modelos sociales de representación, interpretación y comunicación.

Como señala Amaia Pérez Orozco (2014), nos encontramos en un sistema que sostiene centralmente a algunas personas en desmedro de otras, en el cual dimensiones como clase, género, nacionalidad, edad y orientación sexual, se intersectan, dibujando una pirámide sostenida por aquellas más precarias.

En ese marco, la violencia ejercida y direccionada hacia las mujeres no es un hecho aislado. Los ataques en contra de mujeres, empobrecidas, campesinas, de pueblos originarios, migrantes, lesbianas, trans, y tantas otras más, nos acercan a la distinción que Butler hace entre las vidas que merecen o no ser lloradas. Claramente, los derechos y los cuerpos de unas son menos importantes que otros en nuestra sociedad. Los asesinatos de mujeres son el hecho más extremo de esta violencia, sin embargo, las diversas dimensiones que ésta abarca tanto física como psicológica, se dan a lo largo de la vida de las mujeres, en los distintos espacios en que se desarrolla: escuela, familia, trabajo, calle, por nombrar algunos.

El desafío de construir un país más justo, democrático, diverso, supone desmontar las relaciones de poder que permiten la reproducción material y simbólica de estas desigualdades y violencias, en el nivel cotidiano y en el escenario más global y estructural. Las movilizaciones de los últimos años muestran la capacidad de resistencia, liderazgo y organización del movimiento feminista en torno a un proyecto colectivo. La convocatoria a la Huelga, laboral y de cuidados es un hito más de ese proceso e interpela a quienes buscan construir una sociedad mejor y a trabajar por un cambio significativo en nuestras relaciones cotidianas y en el modelo de sociedad que queremos.

Bibliografía citada:
Brega, C., Durán, G., & Sáez, B. (2015). Mujeres trabajando. Una exploración al valor del trabajo y la calidad del empleo en Chile. Santiago, Chile: Fundación Sol.
Butler, J. (2002). Cuerpos que importan : Sobre los límites materiales y discursivos del "sexo" (1a. ed., Género y cultura ; 11). Buenos Aires: Paidós.
Encuesta CASEN (2015). Ministerio de Desarrollo Social.
Durán, G. & Kremerman, M. (2015). Los bajos salarios de Chile. Fundación Sol. Santiago, Chile.
Federici, S. (2013). Revolución en punto cero: trabajo doméstico, reproducción y luchas feministas. Madrid: Traficantes de sueños.
Fraser, N. (2011). ¿De la redistribución al reconocimiento? Dilemas de la justicia en una era "postsocialista". En Fraser, N., Carbonero G. M., & Valdivielso J. (Eds). Dilemas de la justicia en el siglo XXI: género y globalización (pp. 217-254). Ediciones UIB.
Instituto Nacional de Derechos Humanos (22 de enero de 2019). En el marco de examen ONU sobre DDHH, INDH expone principales preocupaciones sobre situación de Chile. Recuperado de: https://www.indh.cl/en-el-marco-de-examen-onu-sobre-ddhh-indh-expone-principales-preocupaciones-sobre-situacion-de-chile/
INE. (2015). Mujeres en Chile y Mercado del Trabajo: Participación laboral femenina y brechas salariales. Santiago: Instituto Nacional de Estadísticas (INE).
Kirkwood, J. (2010). Ser política en Chile: Las feministas y los partidos (1a. ed., Investigación sociológica). Santiago, Chile: LOM Ediciones.
Pérez Orozco, A. (2014). Subversión feminista de la economía. Traficantes de sueños

Lunes 4 de marzo de 2019

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