Reflexiones académicas en el Día Internacional de la Mujer

La Directora de Investigación de la Facultad de Ciencias Sociales, Dra. Paulina Osorio, actual responsable del Proyecto FONDECYT Postdoctoral “Trabajadoras mayores y jubilación. Expectativas y valoraciones de las mujeres ante la jubilación y la vejez”, entrega su reflexión en torno a las mujeres y sus procesos de envejecimiento.

a

DIA INTERNACIONAL DE LA MUJER … MAYOR

Dra. Paulina Osorio
P. Académica Departamento de Antropología
Investigadora Observatorio Social del Envejecimiento y la Vejez en Chile

Las aportaciones de las personas ancianas mediante su trabajo gratuito  
resulta hoy en día tan imperceptible como lo era hace 20 años  
el trabajo gratuito de las mujeres en el ámbito doméstico  
y en el cuidado de otras personas (Arber y Ginn 1996).

La edad y la condición de hombre o mujeres son parte integrante de la identidad de las personas. Somos niñas, mujeres jóvenes, mujeres adultas y mujeres mayores. Pero también somos mujeres populares, mujeres urbanas, mujeres pobres o mujeres profesionales. Vale decir, hay una infinidad de elementos que se entrecruzan con el hecho de ser mujeres, y de dimensiones que intervienen e interactúan en la constitución de una persona al interior de cualquier sociedad o grupo humano. Ese proceso de construcción de identidad es tanto social como individual, en él entran en juego una serie de elementos y pautas de comportamiento, que las mujeres han ido incorporado a lo largo de su experiencia de vida como expectativas ante su ser-mujer-mayor. Por lo tanto, si hay algo que caracteriza a las mujeres es su heterogeneidad y diferencias. Una de ellas es la edad, y dentro esa experiencia de las mujeres como envejecientes intervienen una serie de marcadores de edad social:

Cronológicamente soy una persona mayor, no lo puedo negar, los años están, en la cara también se notan, a ver, en lo físico también se nota un poquito. Pero interno, del espíritu, de personalidad, del carácter no lo considero. Entonces, de repente tengo unas contradicciones cuando pienso “yo estoy hablando esto, pero esto no esta de acuerdo con mi edad, cualquier mujer de mi edad estaría pensando de otra manera” (mujer, 66 años).

Los cambios acompañan a los seres humanos a lo largo de todo su ciclo vital. En las mujeres, desde la niñez, juventud y adultez a la vejez y después de ésta, la edad manifiesta una serie de mutaciones en relación a su significado social. Ahora bien, entre más ellas viven –dada la feminización de la longevidad-, mayor es su posibilidad de cambio y diversidad hasta que esas diferencias se vayan equilibrando. Vale decir, que el inicio o la llegada de la vejez no necesariamente se traduce en la uniformidad y permanencia de un único estado en las mujeres. En sus vidas se van clausurando muchas cosas, en cuanto las pérdidas son una experiencia que caracteriza el envejecer de las mujeres. Pero también su envejecer las va abriendo hacia una gama de intereses, experiencias, prioridades y relaciones a medida que envejecen. Interesante resulta, por lo tanto, observar la continuidad y el cambio a lo largo de la vida  de las mujeres para la comprensión de su proceso de envejecer.

La edad y el género son realidades dinámicas y no estáticas a lo largo de la vida de las mujeres, que actúan de forma inseparable, como elementos de su identidad en su interacción social e individual. En este marco, debemos observar el envejecimiento como un proceso, que da cuenta de la articulación entre aspectos subjetivos de la mujer y su ser social en un proceso de construcción histórica. Entender la vejez como un estado, por esto mismo, resulta complicado. La entendemos más bien, como una construcción biográfica-individual e histórica-cultural.  

Cada momento histórico y cada particularidad cultural aporta contenidos sociales a la biografía de cada mujer y la acompañan a lo largo de su proceso de envejecimiento. Esto nos permite comprender cómo desde esa identidad de ser-mujer-envejeciente se van tomando decisiones, enfrentando situaciones y definiendo estrategias; en el fondo, viviendo y experimentando transiciones vitales en una constante construcción del pasado sobre el presente, del presente desde el pasado, que da cuenta del envejecimiento como un proceso dinámico y complejo. De tal forma que, las mujeres logramos una perspectiva general de nuestro curso de vida, interpretando un pasado, experimentando un presente y proyectando un futuro, un futuro cada vez más extenso producto de la mayor longevidad.

Los cambios sociales y demográficos han generado nuevos patrones de vida familiar, social, profesional y personal en las mujeres maduras, y nuevas configuraciones y expectativas hacia la vejez en Chile. Por ejemplo, ser abuela a edad madura, ser bisabuela en la vejez. Por otra parte, debemos considerar que la vejez no es sólo una realidad cronológica, sino también una realidad fuertemente ligada a experiencias en el paso del tiempo. Es, ante todo, una realidad social y experiencial. Las mujeres mayores viven aprendizajes de construcción de identidad constante sobre la base de lo que han sido y de lo que les ha tocado vivir. Son concientes de los cambios en las diferentes etapas vitales, sin negarse como envejecientes.

Demográficamente hablando, los últimos años, en Chile, han sido cruciales para el incremento del número de personas mayores en relación al total de la población, particularmente en el caso de las mujeres. Al año 2005 la población estimada de personas mayores es de 1.814.125, de las cuales 1.023.456 son mujeres. Así, las mujeres mayores constituyen un grupo dominante en términos demográficos, dentro de su segmento de edad. Sin embargo, su mayoría numérica no necesariamente se traduce en un mayor reconocimiento o una mayor incidencia en determinadas toma de decisiones en torno a su persona, salud y transiciones vitales y sociales. Las principales transformaciones –demográficas, sociales y económicas- acaecidas en nuestro país en los últimos años, han repercutido en la experiencia vital de las personas: la niñez dura cada vez menos, la juventud es cada vez más larga, y la vejez no ha sido la excepción. Esta llega después y dura cada vez más.

Las mujeres mayores comenzarán a protagonizar una vejez más preventiva. Al generar expectativas frente a lo que esperan que no sea su vejez, aparece con mucha fuerza la dependencia y ser una carga o preocupación para la familia más directa. El tema del deterioro se lo tiene asumido como natural y como parte del ciclo vital y de la última parte de éste. Se sabe que llegará, aunque también son concientes que les llegará mucho más tarde de lo que les pudo llegar a sus madres o abuelas, pues pertenecen a una generación con mayores esperanzas de vida y posibilidades de llegar a la vejez en mejores condiciones de vida y salud. No es la cercanía de la muerte a lo que más temen. Es al deterioro en cuanto dependencia, pues la dependencia es vista como una muerte social. Lo relevante de los avances en biomedicina y de las mejoras en las condiciones de vejez de las personas es que justamente retarda la llegada y reduce sus grados de dependencia. Si bien, la dependencia también se la relaciona con un estado de vejez, ésta es posible prevenirla y prepararse para que no sea sinónimo de carga ni social ni familiar durante la vejez. Para las mujeres mayores, gran parte de esa prevención ha radicado en conocer, organizar y preparar la llegada del estado de dependencia, por medio de una vejez más autónoma. De la familia demandan compañía y preocupación, no abandono, pero no proyectan su vejez sobre la expectativa de ser una responsabilidad de hijos o familiares cercanos.

Para el caso de las mujeres mayores trabajadora y profesionales, conjugar la vida cotidiana con una participación activa y significativa en el espacio público, a través del desempeño laboral, las ha llevado a constituir su identidad durante la vejez con nuevos elementos, relaciones interpersonales y un autoconcepto positivo, que les permite un desarrollo más integral de sus potencialidades. Estos cambios y los nuevos procesos de construcción de identidad, no siempre han ocurrido durante la juventud o coincidiendo cronológicamente con la incorporación laboral en los varones. En muchas de ellas la experiencia laboral llega durante la madurez, y en otras, con la viudez:

De los treinta y tres años a los cuarenta fueron de aprendizaje nuevamente. Mi vida laboral comenzó cerca de los cuarenta años de edad. En ese tiempo, creo que me consolidé como identidad, y me empecé a parar en el mundo como una persona, primero como mujer: mujer-esposa, mujer-mamá, mujer-estudiante, y luego mujer-trabajadora. De los cincuenta a los sesenta años experimenté la consolidación de lo laboral, siendo mucho más importante el rol laboral como el eje de mi vida (mujer, 67 años).

Esa identidad se construye sobre la base de mirarse y descubrirse como mujer en el mundo, desarrollando aspectos que hasta entonces sólo figuraban como potencialidad. La edad subjetiva –más que cronológica- ha jugado un papel importante en el desenvolvimiento de numerosas mujeres mayores en el espacio público. Por otro lado, las relaciones conyugales pueden llegar a ser determinantes para la construcción de su identidad de la mujer durante la vejez y para su vivencia del proceso de envejecer. Por lo mismo, en nuestro país, muchas mujeres vivencian la viudez como una verdadera liberación, que marca un cambio significativo en la construcción de su ser-mujer-mayor, en cuanto comienzan o retoman, por ejemplo, su vida laboral ya mayores y cuando han enviudado. Desde ese punto de vista la viudez se presenta como un hito en sus vidas, que marca un antes y un después en su experiencia vital como mujeres mayores. Asimismo, la relación conyugal y el rol de esposa comienzan a abrir encrucijadas biográficas que significan la toma de decisiones y cambios vitales que marcan el proceso de envejecer.

Para la actual generación de mujeres mayores, el modelo de vejez más directo es el de la madre. En base a él se construye una imagen de vejez que influye en la expectativa que se tiene frente a la propia vejez. Esta imagen se maneja, principalmente, en términos de estados de salud, grados de abandono y el consecuente mal estar que ello causa en la vida de las personas. Y en ese sentido, esas imágenes de vejez no son deseables de ser vividas por las hijas. Sin embargo, muchas de ellas todavía tienden a naturalizar los estados de vejez creyendo que vivirán el proceso en cuanto deterioro y enfermedades tal como lo han visto en sus madres ancianas. Frente esto, la longevidad es un elemento distintivo y positivo para tener una vejez diferente a la de la generación de sus madres. Las mujeres mayores en Chile comenzarán a protagonizar una nueva generación de personas mayores, donde la vejez que esperan vivir es una vejez activa, saludable, participativa en su propio cuidado y productiva en términos sociales e individuales.

Ante la pregunta ¿cómo envejecen las mujeres en nuestro país? La vivencia de la vejez en las mujeres en Chile, se construye sobre una serie de cambios. Cambios significativos que se fundamentan en lo que se ha vivido, en la memoria. Son las experiencias y vivencias las que permitirán a las mujeres vivir esos cambios con sabiduría, juzgando pero también recogiendo la vida pasada desde el presente para proyectarse hacia el futuro como mujeres mayores. Esto en términos biográfico y socio-individual, pero ¿qué ocurre a nivel macro social y de políticas sociales, vale decir, en relación al contexto social en que envejecen las mujeres en Chile? Sabemos que se envejece en determinados contextos socio-históricos y esto no ha sido favorable o inclusivo para las mujeres de edad. Nuestra sociedad prácticamente ha invisibilizado su existencia de género y edad: las mujeres mayores son invisible para la política de género y de vejez en Chile.

Podemos afirmar que a pesar de los numerosos cambios que se han ido dando en relación al proceso de envejecimiento, la pobreza y la desigualdad son aún realidades que caracterizan la vejez de numerosas mujeres chilenas en el siglo veintiuno. A pesar de que ellas se han ido ganando espacios, gran parte de las mujeres que envejecen lo hacen desde la invisibilidad y la vulnerabilidad. Las mujeres en nuestro país no envejecen ejerciendo derechos ciudadanos. Desde este punto de vista la discriminación es una característica que atraviesa la realidad de la vejez femenina. Como sociedad tenemos mucho que hacer al respecto y una gran tarea en el marco de un año más de conmemoración del Día Internacional de la Mujer.

(07/03/2007)

Comunicaciones FACSO

 

 

 

Universidad de Chile Facultad de Ciencias Sociales Av. Ignacio Carrera Pinto 1045 Código Postal 6850331 Santiago Chile
Mapa del Sitio Contactos Páginas Blancas Convertir en página de inicio Agregar a Favoritos Créditos © Unidad de Informática FACSO