Hugo Cadenas

Catástrofe y moral en Chile.

El pasado día 27 de febrero la zona centro sur de Chile se sacudió debido a un terremoto de 8,8 grados Richter. Las consecuencias de éste y del posterior maremoto han sido ya ampliamente difundidas. La muerte, el dolor y la angustia asolaron en gran parte de Chile. En medio de la tragedia algunos actos de vandalismo y saqueo, los cuales atraen la atención de los medios y su público.


Se ha hablado de una crisis moral de la nación, de un problema educacional, de profundas inequidades sociales, de falta de atención, previsión y responsabilidad. En cualquier caso, una crítica desde aspectos semánticos para una sociedad que ha cambiado estructuralmente de manera paulatina y sostenida desde hace más de un siglo.

En términos meramente estructurales la reacción de los medios, de la población y sus autoridades son evidencia de la diferenciación funcional que impera en la sociedad chilena. Hace apenas 8 años un informe del PNUD ya nos mostraba los malestares de un país que pierde sus referentes culturales, su identidad y su sentido de pertenencia. Todos ellos, efectos de la diferenciación de la sociedad y de la pérdida de centralidad de un sistema social que de sentido (por la fuerza o la influencia) al todo social.

En efecto hoy en día no existe una fuerza aglutinante para la “moral social” y quienes esperan que ésta aparezca en un efecto mesiánico (o mediático) pierden una y otra vez sus esperanzas. En el plano de las expectativas, en torno a la capacidad del Estado para prever y manejar la crisis, la defraudación es alta, así como también la exclusión social que se manifiesta y recrudece en esta catástrofe. Ni la exclusión ni las expectativas defraudadas emergieron del terremoto, sólo se amplificaron en términos materiales, temporales y sociales. La tierra no aplica inclusiones/exclusiones, es la sociedad quien hace estas distinciones. Quien no tiene hoy dinero, hogar, salud y familia ha perdido la expectativa para un medio vinculante a la sociedad, pero ésta última no ha desaparecido. El problema de desconfianza del cual somos testigos, es un problema estructural de expectativas sorpresivamente defraudadas a nivel de los sistemas funcionales de la sociedad, los cuales varían abruptamente su proyección temporal, material y social. 

La sociedad mundial observa lo que sucede en sus regiones y la política solidaria moviliza recursos, influencias y posibilidades de voto. En la economía el dinero sigue teniendo valor y los efectos sobre éste sistema se ven en la estabilidad de la inflación, el empleo y el comercio; vale decir, en efectos determinados estructuralmente por el propio sistema económico. En el derecho se ven vulnerados quienes pierden derechos civiles sobre construcciones destruidas o penales sobre bienes enajenados en vandalismo y pillaje, pero no desaparece la expectativa de la aplicación de la ley, incluso en los -previstos constitucionalmente- estados de excepción. El sistema de salud carece de cobertura e infraestructura, pero se mantiene la expectativa de que solucione el problema de salud pública (y no, por ejemplo, que lo haga la religión). Los científicos debaten sobre la verdad de ciertos datos y perspectivas y sobre donde indicar la distinción entre la verdad científica y la mera especulación. Las familias siguen teniendo expectativas de amor, y los medios de comunicación masiva se pelean puntos de rating por ver cómo se amplifican estos conflictos.

Inútil resulta entonces la búsqueda de una racionalidad central, de un principio ordenador o, más improbable aún, un consenso moral. El Estado moderno es un medio de coordinación y no se ha de esperar de él una estructura de integración social. Cabe esperar de él un cumplimiento de sus funciones de orden y bienestar autodefinidas en leyes y normas, las cuales sin embargo no son necesariamente coherentes entre sí.

El futuro de la sociedad actual es contingencia y, por ende, riesgo. Riesgo de tomar decisiones, pero también de no tomarlas. Contingencia, en el sentido de que el futuro no otorga certezas pero tampoco imposibilidades. Curiosamente, vivimos hace ya mucho tiempo en este tipo de sociedad y a pesar de nuestros malestares, reproducimos esta formación social, al indicar desde ella –también- este malestar.

En una sociedad funcionalmente diferenciada, como la nuestra, la elección moral es un problema a definir por la persona y las orientaciones y preferencias individuales apuntarán a aspectos sociales, pero de manera irremediablemente parcializada. Pedir preferencias morales a la sociedad actual es tan absurdo como pedir democracia a un terremoto.

Una vez se decida socialmente y de manera siempre fragmentada el fin de la catástrofe, ya sea debido a elecciones políticas, balances económicos, policiales o de salubridad, atenderemos a una sociedad que introduce en sus comunicaciones la semántica de esta catástrofe, pero que variará estructuralmente de manera más lenta y compleja.

Tendremos que acostumbrarnos a las semánticas del riesgo, la contingencia, la acentralidad de las estructuras y la complejidad de nuestra sociedad, incluso –y más aún- en casos de extrema catástrofe como el que vivimos cada cierto tiempo en Chile.

 

 

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