Cinta de Moebio
Revista de Epistemología de Ciencias Sociales
ISSN 0717-554X

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De la Identidad a la Ciudadanía
Transformaciones en el imaginario político feminista

Marta Lamas. Antropóloga y activista feminista, dirige la revista Debate Feminista. Es directora del Grupo de Información en Reproducción Elegida (GIRE) e integrante del Consejo del Programa Universitario de Estudios de Género (PUEG) de la UNAM.

Introducción

En general, en el feminismo mexicano (1) coexisten dos concepciones en torno a la política. Por un lado, la idea de que todo es político, es decir, todo se vincula al ejercicio del poder; por el otro, la conceptualización de la política como negociación y gestión. Ambas concepciones entran en conflicto. Al asociar política con poder, muchas activistas han desarrollado un cierto rechazo o desprecio por cualquier actividad que signifique gestión o negociación política. Al asumir esta idea totalizante de lo político (de ahí la reivindicación clásica del feminismo: ‘lo personal es político’), el movimiento ha relegado el desarrollo de la política como práctica y ha tenido problemas para insertarse en la dinámica política nacional.

El movimiento feminista todavía promueve un discurso político ideológico cercano al esencialismo: las mujeres somos, las mujeres queremos, etc. Una de las características de la política de la identidad es que desarrolla una ‘conciencia dividida’ (Bondi 1996) que incorpora, de un lado, un sentimiento de daño y victimización y, de otro, un sentimiento de identidad que deriva en potenciación y crecimiento personal. Esta mancuerna movilizadora favoreció el reclamo identitario feminista, pero frenó el desarrollo de una práctica política más amplia, necesaria para avanzar en espacios y demandas ciudadanas o en formas unitarias de organización.

El contexto desde el cual las feministas plantearon sus demandas iniciales no era democrático y la tradición política del movimiento estaba teñida por la lógica del todo o nada. Esta hiperradicalización, junto con la negativa a aceptar formas políticas tradicionales, fueron obstáculos prácticos que volvieron ineficaces políticamente a los grupos feministas al encerrarlos en su utopía revolucionaria.

Al actuar a través de grupos identitarios y no establecer relaciones políticas con otras fuerzas, el movimiento se aisló y se excluyó de la política nacional. Fue deficiente su capacidad de respuesta ante situaciones de coyuntura y sólo en contadas ocasiones se logró presencia política de las feministas. Sin canales de comunicación más formales, se ignoraron las posturas del movimiento o éstas fueron manipuladas por los medios de comunicación. Sin figuras visibles, se ‘invisibilizó’ la actividad feminista en el ámbito nacional. Canalizar los esfuerzos en sólo conseguir un espacio y un reconocimiento dentro de la izquierda tuvo un alto costo. Las feministas se apartaron de procesos políticos más amplios, restringiendo su perspectiva global.

El movimiento debió lidiar con el mujerismo (2) identitario de sus militantes. La forma de vinculación de las mujeres con el mundo —el amor como vía de significación, el ser para los otros— las feministas desarrollan una lógica amorosa - todas nos queremos, todas somos iguales - que no les permite aceptar conflictos y diferencias. Debido al mujerismo, en infinidad de ocasiones, los pequeños grupos feministas acabaron volviéndose ghettos asfixiantes, donde la autocomplacencia frenó la crítica y el desarrollo, y donde era imposible reconocer diferencias para fijar una representación. La vivencia de las mujeres como idénticas en el campo de lo indiscernible socialmente, obstaculiza el diferenciarlas y el diferenciarse. ¿Si todas somos iguales, cómo ‘distinguir’ a una como líder?

La negativa a concentrar en unas la voz de todas, a designar representantes, enmascaró un afán competitivo, cargado de sentimientos negativos, y se convirtió en un freno del desarrollo político de algunas compañeras. La resistencia para aceptar liderazgos se hizo un problema crónico. Aunque en distintos momentos los grupos construyeron instancias de coordinación, la visibilidad adquirida por determinados grupos o por ciertas integrantes del movimiento generó malestar y animadversión. Los conflictos se exacerbaron al convertirse unas cuantas ‘caras públicas’, en el lenguaje de los medios de comunicación, en ‘líderes’ del movimiento. Por envidia irritó demasiado esta publicidad, impuesta por la lógica comunicativa, y se olvidaron los beneficios de contar con ciertas figuras públicas que encarnan las demandas feministas.

En este contexto, no sólo los escollos derivados de las propias demandas feministas (en especial la de aborto) obstaculizaron un desarrollo político, con consensos y estrategias unitarias de acción. La ideología mujerista, la visceralidad y las dinámicas de encapsulamiento (con sus grupos de iniciadas), no obstante su singular ineficacia, gratifican en el plano personal. De allí la persistencia inquietante de muchas feministas en la doble vertiente del ensimismamiento identitario: victimista y narcisista.

Con el tiempo vinieron tiempos de balance interno y de reflujo. El rango de la actividad feminista pasó de los pequeños grupos de autoconciencia a modelos nuevos de militancia comprometida, especialmente al de integrar asociaciones civiles. Después de enfrentar obstáculos personales y estrecheces de la sobrevivencia, muchas activistas se constituyeron en las denominadas organizaciones no gubernamentales (ONG) y solicitaron financiamiento de agencias internacionales. Los fondos otorgados estaban etiquetados para atender cuestiones básicas de pobreza. Esto configuró un estilo de trabajo que se llamó ‘feminismo popular’, constituido principalmente por feministas socialistas, mujeres cristianas y ex-militantes de partidos de izquierda, que privilegió el trabajo con las bases del movimiento amplio de mujeres. También distintas orientaciones políticas consolidaron la formación de redes temáticas, cuya función crucial fue impulsar la creación de una conciencia de vinculación nacional a lo largo y ancho del país, propiciar encuentros en otras regiones del país y establecer diálogos o enlaces con interlocutores externos, como las instituciones académicas, sectores gremiales y algunos funcionarios de la administración pública, sensibles a las demandas del movimiento popular de mujeres. El ‘feminismo popular’ creció, tratando de no imponer una dirección a las acciones populares, pero sí de introducir la reflexión feminista, que empezó a sistematizarse en ámbitos académicos.

La Rearticulación Política del Movimiento

Con el proceso de transición a la democracia se abrió una nueva dimensión en las conciencias ciudadanas y muchísimas feministas sintieron la urgencia de vías distintas para participar. La necesidad de integrarse en la dinámica política del país condujo a varios grupos al examen severo de su práctica política, que aunque se pretenda ‘diferente’, frecuentemente se da de manera arbitraria y manipuladora, con un manejo negador y ‘victimizado’ del poder. Pero aunque en varios sectores de feministas cundió la inquietud de participar en el proceso nacional, el movimiento en su conjunto no tenía propuestas sobre el proyecto de transición, pues en su visión del feminismo como opción ‘revolucionaria’ la lucha por la democracia resultaba una cuestión reformista.

Al revaluar la izquierda el papel de la democracia representativa surgieron nuevas disposiciones en torno a la relación con el Estado. Lo significativo fue el cambio de actitud: un sector del movimiento asumió el pacto político como un mecanismo democrático responsable. Esto generó nuevos estilos organizativos —integración a comisiones gubernamentales de trabajo, formación de instancias de consultoría a partidos, alianzas con funcionarias y políticas— y lentamente despuntó una aspiración republicana.

A esta actitud se enganchó el desafío de articularse con otros grupos políticos. Pero impulsar una concepción política más afinada, desde donde desarrollar formas organizativas más eficaces, requiere otro posicionamiento identitario. Las mujeres que sacralizan su propia identidad, y se sienten víctimas totales o que se creen en lo fundamental más buenas, sensibles y honestas que los hombres, no consiguieron establecer relaciones políticas entre sí y con otras personas. Al vivir el feminismo como un sitio de pertenencia identitaria muy arraigada, estas víctimas y heroínas se autoexcluyeron de la política.

Reconceptualizar la práctica política caracterizando la identidad no como una esencia irreductible sino como una posición que se asume o que se nos asigna implicó cambiar la pregunta ‘¿Quién soy yo?’, presente en algunas reivindicaciones de diversidad, por ‘¿Dónde estoy?’ El énfasis en el dónde —en la posición— permite ver a las otras personas junto a mí y facilita el pensar de manera distinta cuestiones sobre la identidad (Bondi 1996). Por ejemplo, pensar en la ubicación alienta una preocupación sobre las relaciones entre diversos tipos de identidades, y por lo tanto, sobre el desarrollo de una política basada en afinidades y coaliciones.

Un riesgo para la democracia pluralista es la multiplicación de enfrentamientos en términos de identidades esencialistas, con sus valores morales no negociables. Por eso hay que cuestionar la idea de una identidad única, que supuestamente dota de sentido, y reconocer la simultaneidad de distintas construcciones de la identidad. La lucha contra las formas excluyentes de la reivindicación identitaria requiere otra forma de identificación —que podemos calificar como ciudadana— fiel al pluralismo y los valores democráticos. La necesidad de hacer política obliga a una práctica más responsable, más abierta, más ciudadana.

Al incorporarse muchas feministas a organizaciones civiles mixtas con reivindicaciones ciudadanas, feministas ilusionadas con la reivindicación de la igualdad o seducidas con la glorificación de la diferencia, reorientaron ‘hacia afuera’ su activismo. Ante la enorme brecha entre gran participación y representación incipiente, muchas feministas tomaron conciencia de la paradoja de la falta de reconocimiento de sus liderazgos y plantearon la creación de distintas instancias de coordinación.

En la actualidad, la mayoría de los grupos en el movimiento han cristalizado su presencia en tres expresiones notorias: la profesionalización, mediante financiamiento, de grupos institucionalizados que abordan temas específicos (salud, educación, violencia), con cabildeo político de demandas; la legitimación —académica y política— de la perspectiva de género, con la proliferación de programas de estudio, cursos, coloquios, publicaciones, foros e investigaciones; y la consolidación, en el ámbito público, de un discurso mujerista que recoge, a pesar de todo, muchas preocupaciones y aspiraciones feministas.

El logro político del feminismo es precisamente este discurso, que impulsa la exigencia de derechos por parte de las mujeres comunes y corrientes. Saber que se tienen derechos ha sido de lo más eficaz para enfrentar el sexismo. Sin embargo, pese a que el gran éxito del feminismo mexicano es, en palabras de Carlos Monsiváis, que las tesis del feminismo están presentes ya en la conducta de las mujeres, las feministas todavía no figuran como interlocutoras de peso en el mundo de la política. Esto se relaciona con varias cuestiones.

Por un lado, tiene que ver con la ausencia de fuerza organizada del feminismo, carencia que lo vuelve poco interesante para los partidos. Las ‘bases’ naturales del movimiento son las mujeres de los sectores populares que, a su vez, responden a intereses políticos partidarios y de otros movimientos, como el urbano popular. A esto se suma una seria crisis generacional: las militantes feministas son generalmente mujeres entre 40 y 55 años. La notable ausencia de juventud puede interpretarse como resistencia de las jóvenes ante formas organizativas que no consideran propias, y también a cierta ineficacia política de las feministas, al no favorecer su discurso la participación de otra generación. Sin embargo, la convocatoria del feminismo ha movilizado con gran eficacia política a un grupo de escritoras, artistas, funcionarias y políticas destacadas. Por eso la escasa fortaleza numérica del movimiento contrasta con su presencia simbólica.

Por otro lado, su debilidad también tiene que ver con que a pesar de que muchas personas y organizaciones políticas incorporan las tesis del feminismo, no aceptan a un movimiento que está identificado públicamente con el aborto y el lesbianismo, que trastocan el paradigma vigente de ‘normalidad’ y de ‘naturalidad’ de lo que es una mujer, y atentan contra dogmas del catolicismo arraigados en la sociedad. Se caracteriza a las feministas con el cliché de abortistas o lesbianas, lo cual no trae oleadas de seguidoras. Por eso, la defensa de los derechos sexuales y reproductivos asumida por el movimiento feminista dificulta su aceptación en la política nacional. Ningún partido desea enemistarse con la Iglesia católica asumiendo como legítimas estas demandas feministas. Quienes conceden legitimidad a estas demandas en privado, no están dispuestos a hacerlo en público. Por lo tanto, el silencio y la política del avestruz hacen de las suyas. Si a estos obstáculos se suma la complejidad de la propia dinámica de sus militantes, resulta fácil comprender por qué se ha frenado el desarrollo político del movimiento.

La Tentación de la Política

Tal vez la principal lección aprendida por el movimiento feminista a finales de los noventa es la inexistencia de la unidad natural de las mujeres. A pesar de la vigencia del pensamiento mujerista, hoy se reconoce que la unidad tiene que ser construida políticamente. El anhelo democrático propicia una recomposición interna, donde las reivindicaciones mujeristas son desplazadas lentamente. Crecientemente más feministas y organizaciones cobran conciencia del trabajo reflexivo sobre la diversidad, indispensable en las identidades políticas democráticas, y cuestionan ciertos principios identitarios excluyentes. Muchas feministas ya funcionan más a partir de realidades políticas que de posturas ideologizadas: asumen la dimensión pragmática de la intervención política y empiezan a manifestar pasión por negociar conflictos.

Simultáneamente, la aparición de nuevos contextos políticos, con personas amigas y aliadas en el poder, enriquece y vuelve complejo el panorama. Las feministas que están hartas de la mera expresión declarativa de los valores feministas reconocen que el avance del movimiento pasa también por una mayor participación, y ocupan puestos en las estructuras partidarias y gubernamentales (3).

Así, al finalizar su tercera década, un sector sustantivo del movimiento feminista está dejando atrás el modelo de activismo de feminismo de izquierdas o ideológico (Gelb 1992). De la fragmentación interna y la identificación apasionada con puntos de vista sectarios, así como de una gran reticencia a colaborar con quienes tienen puntos de vista diferentes, muchos grupos se acercan al modelo de los grupos de interés que ponen el acento en la igualdad de derechos en la esfera jurídica y que trabajan políticamente como grupos de presión.

Por eso, quizás el cambio más notable a finales de los noventa es que la voluntad feminista de hacer política articula de otra manera la acción ciudadana de sus activistas. Las feministas que trabajan en ONG se esfuerzan por conciliar sus motivaciones privadas con las necesidades públicas y adquieren capacidades políticas básicas para desarrollar una práctica menos endogámica. Pero la creciente especialización y profesionalización también introduce elementos de competencia antes insospechados: se oyen críticas al elitismo, a los privilegios universitarios y vuelven a aparecer expresiones populistas y antiintelectuales.

El reconocimiento de la diversidad ha erosionado en algunos grupos el pensamiento mujerista, y, a su vez, ha revalorado la relación con las demás fuerzas políticas. Cada vez hay más feministas trabajando de cara a la sociedad, estableciendo alianzas y decididas a ganar espacios. Además de pretender influir en coyunturas electorales, es evidente el extraordinario interés de feministas en toda la república por construir una agenda común.

Las convencidas de que hay que actuar en política se pronuncian por la idea de la política como negociación de los conflictos. Pero así ya no idealicen la política feminista al reorientar su radicalismo hacia las prácticas democráticas, tampoco están exentas de nostalgias revolucionarias. Muchas siguen atrapadas en rivalidades absurdas, pues restos de la lógica identitaria confrontan a compañeras con múltiples coincidencias políticas sólo porque pertenecen a redes o instancias distintas. Esos tropiezos, consecuencia de ‘la política de identidad’ que favorece que en los grupos se encaucen inquietudes políticas y vitales, sin la necesaria separación entre hacer y ser, producen dislocaciones discursivas, falsas oposiciones y confrontaciones personalizadas.

Además, hay una situación paradójica del movimiento: no se escucha la voz de las víctimas. En especial, es grave constatar que no hay mujeres no feministas debatiendo en torno a lo que significa, práctica y políticamente, el sexismo. A pesar de la filtración de las dimensiones políticas y filosóficas del feminismo en la vida cotidiana, no hay aceptación política del movimiento entre amplios sectores de mujeres. En un país donde abortan cada año cerca de un millón de mujeres, es elocuente la resistencia a manifestarse por la despenalización del aborto. Aunque esta lucha ha recibido apoyo de destacados intelectuales, científicos y artistas, el movimiento no ha logrado coordinar a sectores de mujeres comunes y corrientes en torno a esta crucial demanda. Si bien hay conciencia de que para dejar de ser víctimas se necesita asumir el control del propio cuerpo, también existe gran resistencia las posiciones muy estigmatizadas por la ideología católica hegemónica.

Pero, hoy por hoy, se le reconoce al feminismo, como movimiento organizado, por lo menos un mérito: una especie de capacitación emocional, política e intelectual que obliga a dejar de ser víctimas. Aunque todavía hay activistas refugiadas en pequeños grupos sectarios, y aunque también las integrantes de organizaciones civiles exitosas tienen actitudes mujeristas e identitarias, el impacto político del movimiento es visible en la vida de muchísimas mujeres: los objetivos generales del movimiento son retomados silenciosamente a lo largo y a lo ancho del país.

Ahora bien, la apuesta por una política distinta implica algo más que impulsar los temas, demandas y cuestionamientos relativos a la diferencia sexual: es aceptar en el seno del quehacer político, en las organizaciones mismas, a la propia diferencia sexual. Si en verdad se está contra el esencialismo, si se considera que importa el pensamiento y el compromiso, entonces es hora de exigir coherencia. Modificar el reparto de tareas, de tiempos, de asignaciones sociales, reconociendo la diferencia sexual y el género, no es pensar sólo en las mujeres, o dirigirse sólo a ellas: es pensar en cada circunstancia, en cada situación, qué ocurre con los hombres y qué con las mujeres.

Asumirse como sujetos políticos republicanos y democráticos, no victimizadas ni sometidas, ha llevado a muchas feministas a ver en el respeto a la diferencia una reivindicación que produce otro proceso de inclusión de los hombres, no sólo discursivo, sino material. De ahí que un desafío para el siglo que viene es la experimentación con una figura inédita: una agrupación política feminista, pero mixta. Esto introduce un vuelco en la concepción tradicional del movimiento feminista y es una opción riesgosa, sobre todo hoy, cuando grandes sectores de mujeres que padecen el machismo se han decidido a actuar, y descubren las mieles del mujerismo. Quienes recién se asumen como mujeres (políticamente hablando) desconocen las limitaciones de una política arraigada en la identidad, y se ilusionan con los mitos ya cuestionados por otras generaciones anteriores.

Conformar una fuerza política de personas feministas (mujeres u hombres) es una posibilidad ante el riesgo de que, una vez más, el feminismo invierta sus energías ‘dentro’ del movimiento, con poco impacto hacia afuera. Pero, ¿estarán listas las condiciones sociales para ello? Aunque la transición a una acción política con orientación feminista —no mujerista— ya está en curso, no será fácil que las mujeres abandonen la política de la identidad por una política con un enfoque más amplio, ciudadano. Para armar este posicionamiento es necesario comprender cómo el proceso de socialización y de introyección psíquica de lo cultural es determinante en la constitución de algunas identidades políticas. Tal vez una praxis colectiva distinta, que produzca otras subjetividades, menos egoístas y autocentradas, más solidarias y altruistas, podrá aspirar a una ciudadanía distinta.

Por lo pronto, este paso de una visión de la política como práctica masculina, a una reivindicación de la política como algo propio y necesario, marca el proceso de unos cuantos grupos feministas que expresan una creciente profesionalización de la intervención feminista en la vida pública y corresponde a una transformación en el imaginario político.

Hoy se está abriendo la posibilidad de una política de izquierda, tipo una coalición de diversidades, que renuncie al reclamo identitario, esencialista y excluyente, y apunte a un futuro donde el respeto a los derechos sexuales y reproductivos sea un eje fundamental de ejercicio democrático y republicano. En este horizonte el papel del feminismo, desde sus distintas posiciones, es clave e imprescindible.

Bibliografía

Amorós Puente, Celia (1990). Mujer; participación, cultura política y Estado, Buenos Aires: Ediciones de la Flor.

Bondi, Liz (1996), "Ubicar las políticas de la identidad", debate feminista, No. 14, octubre.

Dietz, Mary G. (1990), "El contexto es lo que cuenta. Feminismo y teorías de la ciudadanía", debate feminista, No. 1, marzo.

Gelb, Joyce (1992), "Feminismo y acción política", en Russell J. Dalton y Manfred Kuechler (comps.), Los nuevos movimientos sociales, Valencia: Edicions Alfons El Magnánim.

Lamas, Marta (1994), "El movimiento feminista en México. Una interpretación", en Magdalena León (ed.), Mujeres y participación política: Avances y desafíos en América Latina, Bogotá: Tercer Mundo Editores.

Lamas M., Martínez A., Tarrés M. L., y Tuñón E. (1995), "Encuentros y desencuentros: el Movimiento Amplio de Mujeres en México, 1970-1993", Fundación Ford, mimeo, México, 1993. Una versión reducida fue publicada como "Building Bridges: the Growth of Popular Feminism in Mexico", en Amrita Basu (ed.), The Challege of Local Feminisms. Women’s Movements in Global Perspective, Boulder Colorado: Westview Press.

Mouffe, Chantal (1993), "Feminismo, ciudadanía y política democrática radical", debate feminista, No. 7, marzo.

Tarrés, Maria Luisa (1993), "Hacia un equilibrio de la ética y la negociación", debate feminista núm. 7, marzo.

Notas

  1. El feminismo no es unidimensional. La diversidad de organizaciones, corrientes y orientaciones en su seno impide hablar de un sujeto dotado de una unidad a priori, pero la brevedad del texto me obliga a generalizar a partir de la tendencia mayoritaria que, además, es la que mejor conozco.
  2. El mujerismo es una concepción que esencializa el hecho de ser mujer, idealiza las condiciones ‘naturales’ de las mujeres y mistifica las relaciones entre mujeres. Una típica actitud mujerista es hablar en nombre de las mujeres, como si estas tuvieran una posición uniforme en la sociedad.
  3. Por ejemplo, en 1998, el nuevo contexto político, con el triunfo de la oposición de izquierda en la ciudad de México, reposiciona a muchas feministas.

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